
domingo, 16 de octubre de 2011
domingo, 2 de octubre de 2011

Será el invierno, la gripe, el momento o que no estás a mi lado .
Salgo a la calle después de comprar viejos discos
que me recuerden, como no, a ti.
La distancia y el amor tienen esa costumbre
de mezclar el placer con las ganas de sufrir.
Salgo a la calle y enciendo un cigarro
-no pude dejarlo, ya sabes-
pensando que el humo se ha de llevar
mis plegarias hasta ti.
Ya ves que la vida tiene el mal gusto
de seguir su curso sin contar conmigo.
Todo parece un decorado triste y obsceno
porque no estás tú.
Ya ves que el mundo no tiene la delicadeza
de pedir perdón por echarnos a un lado
de malas maneras para seguir su camino.
Todo parece un teatro mal interpretado,
amarillo,
cuarteado,
porque no estás tú,
porque no están todas las noches de Marzo
que yo te he robado .
Será simplemente que no estás a mi lado ...
domingo, 20 de marzo de 2011
Él y Vos, se reencuentran después de casi una década sin noticias el uno del otro.
[…] ¿Qué fue de tu vida en todo este tiempo?
- Lo mira firme, con convicción y dice: “estuve estos últimos siete años amándote”
- ¿Y por qué no me buscaste?
- Porque no hizo falta.
- ….
- Vos estabas en todos lados. Todo sitio te nombraba. Cada cosa que tocaba llevaba tu nombre. Cada disco de Led Zeppelin, Pastorius, Floyd, Spinetta o García tenía tu aroma. Y además, porque bien sabes, yo siempre fui buena para amar en silencio.
- Pero, ¿cómo pudiste?
- No pude, por eso fue secreto.
lunes, 28 de febrero de 2011
sábado, 21 de agosto de 2010
María dos Prazeres.

Después de la cena, larga y bien conversada, hacían de memoria un amor sedentario que les dejaba a ambos un sedimento de desastre. Antes de irse, siempre azorado por la inminencia de la media noche, el conde dejaba veinticinco pesetas debajo del cenicero del dormitorio. Ese era el precio de María dos Prazeres cuando él la conoció en un hotel de paso del Paralelo, y era lo único que el óxido del tiempo había dejado intacto.
Ninguno de los dos se había preguntado nunca en qué se fundaba esa amistad. María dos Prazeres le debía a él algunos favores fáciles. Él le daba consejos oportunos para el buen manejo de sus ahorros, le había enseñado a distinguir el valor real de sus reliquias, y el modo de tenerlas para que no se descubriera que eran cosas robadas. Pero sobre todo, fue él quien le indicó el camino de una vejez decente en el barrio de Gracia, cuando en su burdel de toda la vida la declararon demasiado usada para los gustos modernos, y quisieron mandarla a una casa de jubiladas clandestinas que por cinco pesetas les enseñaban a hacer el amor a los niños. Ella le había contado al conde que su madre la vendió a los catorce años en el puerto de Manaos, y que el primer oficial de un barco turco la disfrutó sin piedad durante la travesía del Atlántico, y luego la dejó abandonada sin dinero, sin idioma y sin nombre, en la ciénaga de luces del Paralelo. Ambos eran conscientes de tener tan pocas cosas en común que nunca se sentían más solos que cuando estaban juntos, pero ninguno de los dos se había atrevido a lastimar los cantos de la costumbre. Necesitaron de una conmoción nacional para darse cuenta, ambos al mismo tiempo, de cuánto se habían odiado, y con cuánta ternura, durante tantos años.
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